El texto analiza cómo la seguridad energética contemporánea depende cada vez más de la interacción entre energía, datos e inteligencia artificial en un contexto de competencia geopolítica global. A partir de experiencias históricas —desde la transición británica al petróleo hasta la crisis de 1973— sostiene que la diplomacia energética y la gestión de datos han evolucionado de forma convergente. Actualmente, la IA intensifica esta relación al requerir enormes capacidades eléctricas e infraestructuras inteligentes. Frente a ello, América Latina enfrenta el riesgo de quedar relegada como proveedora de recursos estratégicos. El autor propone la noción de “Latino-Pacífico” como estrategia geoeconómica regional orientada a fortalecer la cooperación energética y tecnológica.
1. Introducción: energía, datos y geopolítica
El orden internacional está en una acelerada transición en la que potencias medianas como Chile se ven impelidas a volver a evaluar sus estrategias a escalas diversas y en un esquema multinivel. Es posible que la muestra más cruda de este contexto sea la actual crisis energética. La interrupción sin precedentes del suministro de petróleo a escala global ha mostrado contundentemente que hoy la seguridad energética de nuestras repúblicas enfrenta esquemas de interdependencia en los que no solo lo material sostiene las redes eléctricas cada vez más sofisticadas, sino también, y con acelerada intensidad, los datos y la geopolítica.
Ya habían signos de este problema antes de su agudización presente. Las olas de calor en California el 2022 fueron una evidencia súbita y clara de la magnitud de la influencia de los datos en la mantención de nuestros sistemas de distribución de energía, una capa con frecuencia imperceptible para los usuarios. Ante la inminencia del colapso del sistema eléctrico, la Oficina de Servicios de Emergencia del Gobernador de California envió una alerta de texto masiva consolidada a través de datos en tiempo real que lograron reducir de golpe la demanda de electricidad y conservar aproximadamente 1.510 megavatios durante la hora más crítica. En otras palabras, la capa de datos había rescatado a la capa de la infraestructura física. Desde otro lugar, pero con una relevancia igualmente ascendente, está la dimensión geopolítica del problema energético, donde se exhiben las aún frágiles costuras del orden internacional en transición. Como dijimos, vemos lo endeble de los equilibrios en los 34 km que cubre el Estrecho de Ormuz. Por allí, de acuerdo con la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), transitan 21 millones de barriles de petróleo diarios, es decir, 20% del consumo mundial. En esa angosta franja, hoy se mueve el péndulo de la paz y la guerra.
Ambos casos muestran la intrincada y cada vez más ambivalente trama que se despliega entre energía, datos y geopolítica. La seguridad energética y la soberanía se entrelazan; los nodos logísticos se convierten en ventajas asimétricas y estratégicas; los proyectos de poder internacional se miden por su capacidad de generación eléctrica.
El problema energético nos enfrenta a contradictorios procesos de interdependencia. Sabemos que con la llegada de tecnologías de frontera como la inteligencia artificial y sus demandas energéticas, necesitamos cooperación profunda; sabemos también que vivimos en un mundo fragmentado. Mi argumento es que aún es viable la promesa de la diplomacia justamente a través de la inevitable articulación entre datos y energía. En otras palabras, antes que puramente técnica, una respuesta sostenible para la coordinación energética compleja en tiempos de tensión implica todavía un ejercicio narrativo que permita una diplomacia destinada a la resiliencia energética.
2. Convergencias históricas entre datos y energía
La historia de la modernidad también puede contarse como la historia de la interacción internacional entre datos y energía. La diplomacia de datos y la diplomacia energética son campos que se refuerzan mutuamente durante coyunturas críticas, momentos de transición en los que se crean fuertes marcos de interdependencia. Encontramos una primera coyuntura que muestra esta interacción a fines del siglo XIX y en los albores del XX, una época en la que los precursores de la seguridad energética y las ciencias de gestión de información avanzaban por carriles separados. Por un lado, la seguridad energética operaba bajo un paradigma estrictamente doméstico e insular, ilustrado por las crisis británicas del carbón de la década de 1870. Por otro lado, se consolidaba la estadística moderna progresivamente desde la fundación de la Sociedad Estadística de Londres en 1834, la cual aglutinó rápidamente a más de 300 miembros de la élite política y profesional para impulsar una administración pública renovada, hoy diríamos, basada en datos (Goldman, 2022).
Estas trayectorias paralelas convergen en las primeras décadas del siglo XX, un quiebre encarnado y catalizado inicialmente por la figura de Winston Churchill. Su decisión de transicionar la flota de la Marina Real británica del carbón al petróleo transformó la energía en un problema global. Los cálculos estimaban que un buque de carga ahorraría un 78% de combustible, aumentaría un 30% el espacio de carga y reduciría a menos de la mitad la necesidad de fogoneros (Yergin, 1991). Este salto tecnológico significó el Imperio británico ató el destino militar de su flota a la importación de crudo, cayendo en una dependencia crítica de Estados Unidos, quien controlaba más de dos tercios de la producción petrolera mundial (Venn, 1986). Esta vulnerabilidad forzó la convergencia profunda entre energía y datos a nivel internacional, una primigenia diplomacia de datos cuya institucionalización (diríamos clandestina) ocurrió en 1928 con el Acuerdo de Achnacarry. Ante la amenaza de una guerra de precios, las grandes potencias corporativas formaron un cártel global y establecieron un secretariado para el análisis estadístico de la demanda y el transporte, y así asignar cuotas de mercado.
La segunda gran coyuntura nos traslada al trauma histórico de la crisis del petróleo de 1973. Fue en este momento cuando la energía se utilizó abiertamente como arma geopolítica mediante un embargo que quitó del mercado 5 millones de barriles diarios y cuadruplicó los precios en cuestión de meses (Bini, Garavini, & Romero, 2016). Ante la vulnerabilidad energética, un orden en disputa y un mercado sumido en el caos por la falta de información fiable, los Estados importadores se reunieron en la Conferencia de Energía de Washington a principios de 1974 y encontraron una respuesta sistémica: la fundación de la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Su mandato primario fue reducir la dependencia estratégica para evitar futuros embargos y asegurar la disponibilidad ininterrumpida de energía, pero la herramienta para lograrlo fue una interacción sumamente compleja entre una incipiente diplomacia de datos y la diplomacia energética. La Agencia institucionalizó la transparencia y la coordinación frente a las crisis, con una arquitectura donde el flujo físico de los recursos quedó indisolublemente atado a la gobernanza estadística de los datos (Wang & Xu, 2022).
3. Las presiones de la inteligencia artificial
Nuestro contexto es radicalmente distinto. Primero porque, como veremos, esta relación se intensifica en épocas de la IA y acaba por involucrarse en las dinámicas de polarización del orden internacional. Como señalan O’Sullivan y Bordoff (2026), hemos dejado atrás el optimismo liberal donde la cooperación multilateral y la integración de los mercados evitaban los shocks de la geopolítica. Estamos frente a una nueva geopolítica de la energía. Los recursos energéticos vuelven a ser un eje de rivalidad entre grandes potencias.
Buchanan (2020), Asesor Especial de Inteligencia Artificial de Biden, postula que el desarrollo de la IA se sostiene sobre una «tríada»: datos, algoritmos/talento, y poder de cómputo. El eslabón crítico hoy es el poder de cómputo, que depende de infraestructuras que consumen cantidades colosales de electricidad. Esta necesidad genera un efecto de desglobalización estructural. A diferencia de recursos energéticos tradicionales como el petróleo o el gas, que pueden enviarse y comercializarse a cualquier parte del mundo, la electricidad es un recurso altamente local y físicamente anclado a su geografía (apenas el 2.8% de la electricidad cruza fronteras (IEA, 2020)). Dado que los países no pueden importar electricidad a escala intercontinental para alimentar su tecnología, las potencias que no logren expandir su capacidad eléctrica a nivel nacional se verán obligadas a deslocalizar los propios centros de datos hacia regiones ricas en combustibles fósiles (Buchanan & Collins, 2025). Al verse forzados a exportar la infraestructura, los Estados enfrentan un riesgo inmenso para su seguridad nacional, cediendo el control de los sistemas que definirán su futura economía y su defensa militar.
Sin embargo, el problema trasciende la intensidad de los recursos utilizados para operar la IA. La verdadera ruptura es que la IA se está entrelazando con la red para convertirse en su propio ecosistema. Dicho en breve, La IA es el entorno y produce el entorno en el que se desenvuelve la generación de energía. Como argumenta Owens (2025), estamos ante una convergencia profunda donde la infraestructura eléctrica ha mutado en una «infraestructura con cognición integrada», capaz de percibir su estado, aprender y tomar decisiones como un organismo autónomo. En este nuevo paradigma, la supervivencia estratégica de los Estados ya no depende únicamente del control de recursos físicos (resource-driven), sino de la capacidad de generar inteligencia (intelligence-driven), dado que la energía misma se ha vuelto inteligente. Al entrelazarse las redes eléctricas con entornos inteligentes, se han inaugurado formas inéditas de coordinación sistémica, pero también de una competencia geopolítica compleja.
Este carácter ha engendrado distintos sistemas de gobernanza. Como advierte la académica Cuihong Cai, la gobernanza global de la IA hoy está fracturada. El mundo se está dividiendo en tres grandes paradigmas en tensión: el modelo corporativo de “primero innovar” de Estados Unidos, el modelo soberano y estatista de China, y el enfoque regulatorio basado en derechos de la Unión Europea. Esta rivalidad entre innovación desregulada, control estatal y esquema de derechos está acelerando la fragmentación digital del mundo.
4. Latino Pacífico y agencia energética
Frente a la demanda eléctrica de la IA, América Latina queda entre la espada y la pared, por participar desde recursos y no desde la inteligencia. Estamos frente al riesgo inminente de convertirnos una vez más en proveedores de los insumos básicos, mientras otros desarrollan, las tecnologías de frontera. Brasil, por ejemplo, lidera la generación de energía eólica, solar e hídrica. En 2024, las fuentes renovables representaron más del 88% de la generación eléctrica (IEA, 2025). La potencia regional es indudablemente un gigante en energías renovables. Pero este avance todavía no se traduce en la incorporación estructural de la electrificación en la economía. América Latina provee recursos sin participar en la integración tecnológica de sus propias economías. La región apenas capta el 1.12% de la inversión global en IA, mostrando una falta de capacidad para retener el valor (ECLAC & CENIA, 2025).
El contraste se hace evidente más allá de la configuración material al analizar el problema desde la nueva centralidad geopolítica y geoeconómica del Pacífico. Las principales narrativas internacionales sobre las tecnologías emergentes tienen como escenario a potencias de distintos tamaños distribuidas en la cuenca del océano. Básicamente, los relatos conceptuales dividen el Pacífico en dos posibles configuraciones.
Por un lado, la cuenca del Asia-Pacífico se ha consolidado como el motor de esta nueva distribución del poder tecnológico. El este asiático concentra el 90% de las mayores empresas de semiconductores, el 60% de las fundiciones de chips y las sedes del 99% de los principales fabricantes de baterías para vehículos eléctricos (IEA, 2025). Esta preeminencia manufacturera viene acompañada de un dominio en la innovación, ya que China posee por sí sola cerca del 70% de las patentes globales de IA generativa (WIPO, 2024).
Por otro lado, el Indo-Pacífico ha emergido como la gran respuesta estratégica de contención del avance chino, liderada por potencias como Estados Unidos, India, Japón y Australia. Programas como la Chip 4 Alliance buscan reordenar la cadena de semiconductores frente a China, agrupando a las cuatro economías que concentran el 82 % del mercado global del chip (Indo-Pacific Studies Center, 2025). Este eje que gobierna la dimensión tecnológica desde el poder de cómputo y la capacidad financiera de Estados Unidos, país que concentra cerca del 75% del rendimiento global de los clústeres de procesamiento GPU (Epoch AI, 2025), alberga el 45% de todas las instalaciones de centros de datos a nivel mundial (CargoSon, 2024) y absorbe 109 mil millones de dólares de inversión privada anual en IA, equivalentes al 81 % del total global (Stanford HAI, 2025). En las fronteras de estos mapas tecnológicos, América Latina no existe. Asumirlos sin crítica implica aceptar que no tenemos, ni podemos tener, un rol en la arquitectura de la gobernanza tecnológica; somos, como mucho, una periferia extractiva.
Sin embargo, al operar estratégicamente esos mismos insumos fundamentales para el futuro se vislumbra una posible salida. Nuestra respuesta a este nudo narrativo es lo que hemos conceptualizado como el Latino-Pacífico, una respuesta a la misma escala narrativa, y una configuración geoeconómica para reactivar la agencia de la región en los intercambios tecnológicos de nuestro océano. Por Latino-Pacífico, entendemos la articulación de una cooperación estratégica entre potencias medias que concentran en su geografía los recursos basales para las economías del futuro (Bórquez et al., 2025). Hablamos de un peso material innegable. América del Sur concentra el 35 % de la producción y el 31 % de las reservas mundiales de cobre, en específico, en Chile y Perú, y produjo el 37 % del litio mundial en 2022, además de albergar el 53,2 % de sus reservas globales en Chile, Argentina y Brasil — y sin contar el potencial de Bolivia Bolivia– (Oré Mónago, 2024).
Pensemos en las necesidades físicas de la Inteligencia Artificial. La integración de IA exige planificar instalaciones masivas de hasta 5.000 megavatios con consumos de 2 millones de litros de agua diarios por centro, proyectando utilizar 512 kilotoneladas de cobre, 75 kilotoneladas de silicio y el 11% de todo el suministro mundial de galio para el año 2030 (IEA, 2025). Agua, cobre, energía, extensiones enormes de espacio; casi parece una descripción poética del paisaje latinoamericano. El Latino-Pacífico es asumir nuestra agencia desde la absoluta necesidad de nuestra región para el equilibrio y la estabilidad de estas cadenas de suministro. Sin nosotros, no hay electrificación; sin nosotros, no hay seguridad alimentaria; sin nosotros, nunca se cumplirá la promesa de liberación de capacidades productivas de aquellos que hoy sueñan con liderar el mundo. Esto implica para una potencia media como Chile, por ejemplo, la necesidad imperiosa de conectarse con las fuerzas productivas de una potencia regional como Brasil, y a través de corredores logísticos y digitales como el Eje de Capricornio proyectar esa fuerza cohesionada hacia Asia.
5. Recomendación: Plataforma de cooperación energética
Para asegurar nuestra infraestructura energética regional, el Latino-Pacífico debe operar en la paradoja estructural de que la región muestra una alta adopción tecnológica (15-20% de descargas globales de IA generativa) frente a una baja preparación por la brecha de talento avanzado (ECLAC & CENIA, 2025). En términos materiales, Brasil concentra actualmente más del 90% de la capacidad de cómputo de alto rendimiento latinoamericana. Sin coordinación, esta concentración genera asimetrías en lugar de interdependencia. Necesitamos, por lo tanto, orientar explícitamente el aparato diplomático hacia el desarrollo tecnológico.
Por esta razón, la principal recomendación es orientar la diplomacia hacia el desarrollo tecnológico mediante una plataforma orientada al Pacífico de cooperación energética adaptativa que, en el sentido de Yuen Yuen Ang, opere por variación y creación de nichos para superar las rigideces de la armonización regulatoria. Aquí hay un nuevo rol para la integración regional. OLACDE está, sin duda, en la mejor posición para operar este esquema. En este nuevo orden internacional, priorizar la estrategia por sobre la regulación (o más bien, utilizar estratégicamente la regulación) demuestra que la cooperación aún es posible mediante otras normatividades. La promesa de un futuro sin apagones está en articular los datos y la energía mediante una diplomacia que, finalmente, pueda vincular las promesas estatales de desarrollo con las soluciones diseminadas por el mundo.
Referencias
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